La relevancia que el paisajismo está adquiriendo en los últimos años, motivada especialmente por la imposición de determinados cánones estéticos en nuestra sociedad, ha hecho que ciertos estilos de jardín empiecen a extenderse de forma sorprendente. Uno de ellos es el denominado 'jardín japonés', heredado directamente de las casas privadas y los castillos japoneses que cuentan con cientos de años. Este tipo de espacios están sujetos a varios principios estéticos, como el 'shizen' (natural) o el 'kanso' (austeridad), que beben directamente de la cultura japonesa, caracterizada por su respeto a la tradición y la historia.
En un mundo donde lo artificial se va imponiendo cada vez más a lo natural, la filosofía oriental es una vía de escape para aquellos que quieren disfrutar de su vida sin seguir las normas marcadas. Poder salir al jardín y perderte por el camino de piedra de un vergel japonés, es una experiencia que ayuda a evadirnos de la realidad y nos anima a la meditación interna. Todos los elementos del jardín tienen que estar dispuestos de una forma concreta, buscando siempre un rasgo fundamental: el equilibrio inestable.
¿Qué es el equilibrio inestable?
Los japoneses guardan con recelo un texto que data del siglo XII y que se conoce como el 'Sakutei-Ki'. En él se marcan las
pautas básicas a la hora de configurar un jardín de este estilo. Todas ellas deben girar en torno al principio del equilibrio inestable, entre el Hombre, el Cielo y la Tierra. Si trasladamos esto al vergel, veremos que el
desorden aparente que guarda un jardín japonés tiene mucho sentido. Se encuentra belleza en lo imperfecto, lo inacabado.
Enrique Acevedo Nancollas,
paisajista especializado en jardines japoneses, propone un ejemplo para entender este equilibrio: "imagínese que va por un camino en zigzag y, en cada recodo, se encuentra, primero con una flor, luego con una roca, y en el próximo con un atractivo helecho. Por un lado, es un camino 'inestable' ya que va de un lado para otro, pero conserva un 'equilibrio' porque cada elemento que nos encontramos nos marca
un cambio de sentido". En la filosofía oriental, dicho cambio representa los vaivenes de nuestra vidas, siempre en constante movimiento.